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LA ESPIRAL DE LA VIOLENCIA de Hélder Camara

Publicado: 2020-08-02

A continuación, presento un resumen del libro “La espiral de la violencia” del obispo brasilero Helder Camara, considerado un precursor de la teología latinoamericana de la liberación. Se trata de una breve reflexión sobre la violencia estructural en los países latinoamericanos y la necesidad de conformar un movimiento de acción no violenta para enfrentarla (el mismo que involucre a creyentes y no creyentes). Cabe señalar que el pensamiento del autor en este libro se conecta con dos documentos importantes: la encíclica “Populorum Progressio” (23/03/1967) y el “Manifiesto de los obispos del tercer Mundo” (15/08/1967), textos que pueden considerarse necesarios para una justificación bíblica y teológica del libro que a continuación paso a presentar.  

En el primer capítulo, titulado “Una amenaza hacia la humanidad”, el obispo brasilero pone de relieve la cuestión de la injusticia en el mundo, afirmando que esta está presente tanto en los países subdesarrollados como en los desarrollados, tanto en los regímenes socialistas como en los capitalistas. No obstante, anota que la injusticia adquiere otra dimensión cuando se atiende a la relación entre países desarrollados con los subdesarrollados. Así, existe una situación generalizada de injusticia sostenida por el sistema de comercio internacional, algo ya sostenido, como nos recuerda el autor, en la encíclica Populorum progresio. Tanto Estados Unidos y Rusia ignoraron los reclamos planteado por los países del tercer mundo en la United Nations Conference on Trade para reformar dicho sistema. La consecuencia es la existencia de un tercer mundo pobre que contrasta con la riqueza de un primer mundo rico. Esta forma de injusticia es, según Camara, una forma primaria, básica, de violencia.

La violencia básica atrae una segunda forma de violencia: la ejercida por los oprimidos hacia sus opresores. Tal es el caso de personas que, aceptando ideologías de izquierda, optan por la violencia armada. Pero sucede que la etiqueta de izquierdista suele ser usada para descalificar a aquellas personas religiosas que se encuentran comprometidas con efectuar cambios estructurales. Por supuesto, esta actitud solo busca, por un lado, mantener pasivas a las masas para evitar cualquier tipo de cambio y, por otro lado, disuadir a los agentes de cambio utilizando el anticomunismo como un contra discurso. Camara muestra su preocupación ante esta situación que, a su juicio, motiva a los jóvenes a involucrarse en acciones radicales y violentas, como es el caso de la guerrilla. En ese sentido, la violencia atrae violencia.

Pero frente a la resistencia violenta y revolucionaria surge, un tercer tipo de violencia: la de la represión, ejercida por los agentes del Estado. La protesta de los oprimidos genera el pánico de los opresores y, en ese sentido, otorga una razón para la violencia represiva, como lo es la salvaguarda del “orden público” o “el interés nacional”. Esta dinámica entre los tres tipos de violencia (la opresora, la revolucionaria y la represora) es lo que configura la espiral de la violencia en el mundo de hoy.

En el segundo capítulo, titulado “Una solución válida”, nuestro autor se pregunta si es la violencia armada la única solución. Un primer cuestionamiento lleva a preguntar si la acción no-violenta, en lugar de ser un arma efectiva contra la injusticia, sería más bien una suerte de tranquilizante. ¿Constituye la acción no-violenta una real alternativa a la violencia armada? Para contestar estas preguntas, Camara examina, en primer lugar, los reales efectos de la violencia armada colocando un ejemplo en favor de su argumentación: la guerra de Vietnam. Del lado norteamericano, esta fue una guerra imposible de ganar porque estaba involucrada la URSS y porque no contaban con el respaldo de la población vietnamita. Del lado vietnamita, sin embargo, la guerrilla solo podría asegurar el triunfo con una superpotencia de su lado. No obstante, en todos los casos, se trataba de una población que dependía de las superpotencias para alcanzar la liberación y eso no fue ni llego a ser efectivo.

En segundo lugar, Camara analiza el modelo no-violentista de Gandhi, preguntándose si este fue realmente efectivo. Para él, este lo es, siempre que se den las condiciones para que la presión moral realizada por los movimientos no violentistas sea efectiva. Una importante condición para ello es la existencia de un mínimo de respeto, por parte del Estado, a los derechos humanos, especialmente a la libertad de expresión. Sin embargo, ello no ocurre siempre en el tercer mundo, en el que los regímenes autoritarios (ya sea que resulten capitalistas o socialistas), con la excusa de salvaguardar el orden público, controlan los medios de comunicación y secuestran, torturan y matan a los cuestionadores del status quo. En estas circunstancias, la propuesta de Gandhi no hubiera de ninguna manera prosperado. ¿Podría ella prosperar entonces en los países desarrollados? Podría, en la medida que en estos países las universidades, los medios y las religiones poseen alguna influencia que podría respaldar los movimientos no violentistas. En síntesis, para todo aquel dispuesto a luchar contra la injusticia, parecen haber solo dos opciones: la revolución armada o la presión moral liberadora, ello dependiendo del contexto en el que se esté. Sin embargo, la primera opción solo refuerza la espiral de la violencia. Aquí es donde surge la propuesta de Helder Camara: la acción por la justicia y la paz.

Tal es el punto de partida del tercer y último capítulo del libro. Camara apela aquí a la “violencia de los pacifistas” centrada en la acción (no quedarse en la teoría o la especulación), la justicia (asumiendo que en todo lugar hay necesidad de justicia) y la paz (como condición de la justicia). Así, la Acción por la justicia y la paz es definida como un movimiento de “hombres de buena voluntad convencidos de que solo los caminos de la justicia y el amor conducen a la verdadera paz, quienes está resueltos a ejercer la presión moral liberadora para obtener justicia y ayudar a la humanidad a liberarse del odio y el caos.” (Camara 1971: 58). Un movimiento abierto no solo a los espíritus pacifistas, sino también a quienes han optado por la violencia armada, pero que han empezado a preguntarse si la violencia de los pacifistas podría ser una solución; de igual modo, abierto a aquellos opresores o privilegiados que han empezado a comprender que la justicia es la mejor respuesta para evitar la violencia armada (1971:57). En ese sentido, la Acción por la paz y la justicia reúne a personas divididas por las barreras geográficas, religiosas, lingüísticas y sociales, pero uniéndolas con el objetivo de luchar contra la injusticia a través de la presión moral liberadora con miras a “cambiar las estructuras socio-económicas, políticas y culturales de los países subdesarrollados e inducir a los países desarrollados a integrar sus estratos y revisar revisar radicalmente las políticas internacionales de comercio internacional con los países subdesarrollados” (1971: 63). El movimiento convoca, por tanto, a todos aquellas “minorías abrahámicas” del mundo que, conforme a la descripción del texto bíblico, luchan contra la injusticia “esperando contra toda esperanza” (1971: 69).

El libro cierra con una apelación a la juventud. Aquí puede verse el esfuerzo del autor por persuadir a los jóvenes de optar por la Acción por la justicia en lugar escoger la violencia armada. Desde la perspectiva del autor, solo la presión moral, el amor y la verdad pueden cambiar el mundo sin caer en la espiral de la violencia.


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El Eremita

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