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El cristianismo y la construcción del enemigo

Publicado: 2024-10-17

Para los albores del segundo siglo, el cristianismo ya se había extendido por todo el imperio romano, pero seguía siendo una religión poco conocida para las autoridades romanas.

En ese contexto, surgieron una serie de prejuicios hacia los cristianos. Puesto que los nuevos creyentes no creían en los dioses del panteón romano, se les tomó por ateos. Debido a que celebraban la cena del Señor en las casas, remembrando en el pan y el vino el cuerpo y la sangre de su Señor, fueron acusados de comer y beber sangre humana. Además, puesto que la mayoría de los conversos cristianos era gente de clase baja, se les tenía por gente ignorante y supersticiosa. Celso, filósofo romano, en su Discurso verdadero contra los cristianos, acusaba a los cristianos de mantener “reuniones secretas e ilícitas para enseñar y practicar sus doctrinas”, alegando que “se unen entre sí por un compromiso más sagrado que un juramento y así quedan confabulados para conspirar con más seguridad contra las leyes y así resistir más fácilmente a los peligros y a los suplicios que les amenazan”. En otras palabras, los primeros cristianos no solo eran considerados ateos, criminales y supersticiosos, sino políticamente peligrosos siendo con frecuencia acusados de sedición.

Por supuesto, este no fue el único caso. A lo largo de la historia, los cristianos saben lo que significa ser tenido como un enemigo sobre bases ilusorias y prejuicios de diversos tipos. Conviene entonces preguntarnos: ¿los creyentes hemos aprendido algo de estas experiencias históricas? ¿Los creyentes hemos sabido evitar la tentación de tratar a los otros como enemigos sobre la base de un falso conocimiento, la distorsión del pensamiento del otro y el sobredimensionamiento de las diferencias? La extrañeza que causaba la fe cristiana durante el segundo siglo llevó a muchos a deformar la imagen de lo que los cristianos eran realmente. Un enemigo fue construido. Sin embargo, ¿no es acaso verosímil que los cristianos caigamos en el mismo error?, ¿acaso el cristianismo no es capaz de construir sus propios enemigos?

Se trata de preguntas pertinentes cuando examinamos las actitudes de muchos cristianos hoy hacia los movimientos e identidades feministas y LGBTI. Por supuesto, no es una sorpresa que entre creyentes de pensamiento conservador y mujeres feministas y miembros de la comunidad LGTBI existan amplios desacuerdos. Sin embargo, ¿justifica ello la caricaturización del otro? El cristiano, que se supone debe hacer todo lo posible para estar en paz con todos los seres humanos (Ro 12:18) y por pacificar el mundo (Mt 5:9), ¿mantiene su desacuerdo con “mansedumbre y reverencia” (1 P 3:15) o, por el contrario, se muestra hostil y beligerante contra quienes piensan distinto?

Hoy en día, es posible identificar tres maneras en que muchos creyentes construyen enemigos a partir de sus desacuerdos con las personas que abrazan la causa feminista o pertenecen a la comunidad LGTBI: se les trata con estereotipos, se les atribuye teorías conspirativas y se les acusa de relativismo.

En primer lugar, con relación a los estereotipos, se suele retratar a las mujeres feministas como personas siempre enojadas, incapaces de controlar su ira y odio. Se les caricaturiza deformando su rostro, representándolas con el pelo teñido, con poses masculinas y llenas de tatuajes. Pero esta deformación de su imagen es menor en comparación con la distorsión que se hace de su pensamiento. Así, se asume que todas las feministas están en contra de la maternidad, que odian a los hombres, que estarían dispuestas a abortar siempre y que no tienen ningún respeto por la religión. De igual manera, en el caso de las personas LGTBI, se asume que estas personas se encuentran mentalmente enfermas, son incapaces de ser fieles a sus parejas y se les atribuye una vida sexualmente licenciosa y desenfrenada. Sin embargo, mujeres feministas y personas LGTBI no calzan en ninguno de estos estereotipos por la sencilla razón de que la reivindicación que hacen de sus derechos se hace en nombre del respeto a un trato igualitario y el respeto de su autonomía. Tras estas burdas generalizaciones, lo que hay son personas que construyen su identidad personal de distintas maneras: aceptando o no la maternidad, abrazando una religión o no, y eligiendo la sexualidad que consideran adecuada para sus vidas.

En segundo lugar, existen ciertas narrativas religiosas que buscan desprestigiar los movimientos feministas y LGTBIQ sobre la base de teorías conspirativas. Una teoría conspirativa se define como el intento de explicar determinados eventos sociales y políticos como consecuencia de un cuidadoso cálculo y diseño que proviene de una élite que realiza actos secretos desde el poder. Aunque la presencia de una élite con poder que actúa ocultamente es inherente a la definición de teoría conspiratoria, desde la teoría crítica se han resaltado otros elementos, tales como: la personalización (no se alude a la dominación como una estructura, sino como personas y grupos de personas concretos); el esquema amigo/enemigo (el grupo secreto se opone a los intereses de "el pueblo"); la violencia (encierran un potencial fascista que puede dar lugar a la violencia y el terror contra los enemigos percibidos); su “irracionalidad racional” (sus defensores buscan constantemente indicadores de conspiraciones que unen con sospechas, alegaciones, argumentos sin fundamento, prejuicios, especulaciones, la superstición y el misticismo, que no están abiertos al cuestionamiento racional y el debate) y determinismo (se descarta la existencia de la involuntariedad y el azar: toda acción está motivada por un plan consciente y siniestro).

Así, una de las narrativas conservadoras más difundidas es la que señala que, detrás del feminismo y de los movimientos LGTBI, existe un plan deliberado por parte de ciertas élites globales en difundir un “marxismo cultural”. Según esta teoría conspirativa, las élites estarían usando el feminismo, los derechos humanos y los movimientos LGTBI para destruir la familia tradicional y eliminar los valores cristianos para imponer sus valores sobre el globo. Sin embargo, no existen prueba de la existencia de una élite tal. Al mismo tiempo, una reconstrucción histórica del origen y del pensamiento de los movimientos feministas, LGTBI y de derechos humanos muestra una heterogeneidad de vertientes y énfasis que no pueden ser agrupadas bajo la categoría de “marxismo”. El efecto inevitable de este tipo de construcción del enemigo es que cualquier idea distinta a los valores conservadores cristianos será tachada de marxista de plano, eliminando así las posibilidades de diálogo. De este modo, las teorías conspirativas solo promueven una guerra permanente para con quienes piensan distinto.

Un tercer estereotipo suele predicarse de las personas feministas y LGTBI, aunque también de las personas no cristianas en general. Se asume que estas personas, al no coincidir con los valores cristiano-conservadores, no tienen moral alguna, por lo que abrazan un relativismo moral que se sustenta en la satisfacción de sus propios apetitos e intereses. Esta lectura, sin embargo, ignora que la misma Biblia defiende la posibilidad de que toda persona, incluyendo las no cristianas, puedan ser fieles a su conciencia y a la ley moral que habita en ellas (Rom 2:14,15). Por otro lado, ignora también que puede haber ética sin religión, de modo que las personas pueden afiliarse y mostrar consistencia con principios y valores morales, aun cuando no abracen un credo religioso en particular. Del mismo modo, no puede ignorarse que, fuera de los sistemas religiosos, existen éticas que pretenden ser universales, deontológicas e inherentes a la persona humana. Tal es el caso de los derechos humanos. De hecho, la gran cantidad de tratados de derechos humanos suscritos por una gran cantidad de países en todo el mundo resulta ser una prueba de la universalidad de este tipo de ética que pretende colocar límites al poder y al ejercicio abusivo de la libertad personal.

El filósofo Ryszard Kapuscinski cierta vez escribió que hay tres posibilidades en el encuentro con el otro: elegir la guerra, aislarse tras una muralla o entablar el diálogo. Aunque el evangelio predica esto último, muchos creyentes, lamentablemente, han preferido darle la espalda al evangelio y emprender una guerra contra las mujeres feministas y las personas LGBTI. No han elegido el precioso vínculo del amor (Col 3:14), sino la construcción del enemigo.


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El Eremita

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