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LOS EVANGÉLICOS Y LOS LÍMITES ENTRE RELIGIÓN Y POLÍTICA

Publicado: 2026-03-29

Hay que insistir: muchos cristianos no saben separar los planos. Uno no puede mezclar la religión con la política. Me temo que la mayoría del pueblo evangélico no tiene un criterio para discernir el límite. Los periodistas de Bethel, por ejemplo, dicen que la Biblia tiene verdades absolutas y una de ellas es que la homosexualidad es un pecado. Por eso mismo, afirman, una ley de “unión civil” es algo que un ciudadano cristiano no puede permitir.

El problema es que esta lógica es inconsistente, autoritaria y puede hacer daño. Es inconsistente porque los evangélicos no la aplican a todos los pecados que la Biblia menciona, sino solo a la homosexualidad. Por ejemplo, todas las iglesias evangélicas creen que tener relaciones sexuales antes del matrimonio es un pecado. ¿Por qué entonces los políticos evangélicos no sacan leyes prohibiendo la fornicación?, ¿por qué los evangélicos no penalizan el adulterio o la masturbación? Claramente, muchos evangélicos son selectivos en su forma de hacer política.

Esta postura es, además, autoritaria. Hacer política con la Biblia llevaría a imponer valores con la fuerza de la ley y no con la lógica de la persuasión (siendo esta última la forma en como la mayoría de evangélicos han aceptado las doctrinas bíblicas en sus vidas). Supongamos que un gobernante con valores no cristianos hiciera lo mismo, por ejemplo, haciendo que se enseñe el Corán en las escuelas o haciendo obligatorio el culto a la virgen. De ser así, ¿acaso los evangélicos no considerarían que esto es una imposición? ¿Qué ceguera hace que el pueblo evangélico sea indulgente cuando impone sus propios valores a otros, pero se muestre intolerante cuando otros quieren hacer lo mismo? Si los evangélicos siguieran la regla de oro (Haz a otros como te gustaría que hagan contigo -Mt 7:12-) entenderían que no pueden forzar a seguir valores bíblicos a quienes no creen en ellos.

Hacer política con la Biblia puede llevar también a situaciones desastrosas. Supongamos que un ministro de salud evangélico decide paralizar la repartición gratuita de métodos anticonceptivos porque eso no se ajusta a la castidad cristiana. ¿Eso sería correcto en un país en el que muchísimas personas no desean conservar el valor de la castidad en sus vidas?, ¿eso sería beneficioso tomando en cuenta las altas tasas de embarazo adolescente y del machismo por el que muchos hombres impiden que la mujer se cuide?

Claramente, si la teología política de los periodistas de Bethel se aplicase, tendríamos una política arbitraria, autoritaria y con efectos dañinos en muchas áreas. A la larga una política así no solo sería repudiada por la ciudadanía, sino que estoy seguro que aumentarían las tasas de increencia porque nadie querría ser parte de una religión que se vale del poder para imponer doctrinas en nombre de una verdad a la que muchísimos ciudadanos no se adhieren.

Entonces, ¿cuál es el límite entre religión y política que los ciudadanos evangélicos deberían aprender a identificar? Hay que distinguir los planos, de la misma manera en que el reformador Lutero hizo en su Manifiesto a la Nobleza Alemana al distinguir entre las competencias del poder eclesial y el poder secular. La esfera de la iglesia es el lugar para cultivar valores orientados a la salvación y la realización personal. En la política es distinto. Allí también debemos cultivar valores, pero orientados a la convivencia y la tolerancia. Esta distinción es clave, porque de eso se trata la democracia: de permitirle a cada persona creer en los valores que considere mejores para alcanzar su propia felicidad, realización o salvación, MIENTRAS NO HAGA DAÑO A OTROS. La democracia es esa forma de gobierno que permite que cada persona desarrolle su vida con la libertad de elegir sus propios valores, pero encausándolos en un marco de respeto a VALORES PÚBLICOS Y SUPERIORES que se limitan estrictamente a fomentar la convivencia y la tolerancia hacia los demás.

En otras palabras, hacer política en democracia significa distinguir entre valores para la felicidad (valores máximos, personales, sustanciales) de otro tipo de valores (mínimos, públicos, procedimentales), que posibilitan la libertad para vivir conforme a la moral que uno elija y favorezcan la convivencia. Esta diferencia entre valores no es nueva. Tiene que ver con el origen y fundamento histórico de la Democracia. Tiene que ver con religiones que se perseguían unas a otras para imponer su verdad desde el poder, lo que hacía de la política algo insoportable. Precisamente por ello, si la democracia es un gran progreso en la historia de la humanidad, lo es porque al centrarse únicamente en los valores de convivencia y al respetar la autonomía de cada ciudadano de elegir la moral o la religión que quiera, logró sociedades pacíficas en donde nadie tenía que ser violentado a creer de una o de otra manera.

Esta diferencia entre valores para la felicidad (o salvación) y valores para la convivencia es la que muchos evangélicos no distinguen. La sexualidad es un valor personal, corresponde a cada persona elegirlo, no al Estado. El Estado, sin embargo, solo puede regular la sexualidad cuando eso ayuda a no dañar a otros, por ejemplo, educándolos para no discriminar o tener conductas sexistas (educación sexual pública) o penalizando la violación (que es una forma violenta de ejercer la sexualidad). Los evangélicos deben aprender a distinguir entre valores máximos (relacionados con el tipo de Dios en el que crees, tu forma de vivir la sexualidad, tu manera de gastar el dinero, tu proyecto de vida, etc.), de los valores mínimos (derechos humanos, igualdad, no violencia, no corrupción, no pobreza) que hacen que los ciudadanos con distintas moralidades no se dañen unos a otros.

Por esta razón, los cristianos que apoyamos al partido morado diferimos tanto de propuestas como las de Renovación Popular o de posturas como las de Con Mis Hijos No Te Metas. Decir que no debe haber unión civil para homosexuales porque la homosexualidad es un pecado es un valor mínimo, propiamente religioso, que será aplicable para muchos creyentes, pero no para toda la ciudadanía por la sencilla razón de que en una democracia no todos tienen por qué creer en la Biblia o están de acuerdo en interpretarla literalmente. Antes bien, desde los valores públicos y máximos en una democracia, lo que prima es la igualdad, y eso significa darles a los homosexuales la posibilidad de vivir conforme a sus propios valores SIN HACER DAÑO A OTROS. Los cristianos morados respetamos los valores mínimos en una democracia.

Creemos que la política está llamada a servir a cada persona que pueda vivir pacíficamente CONFORME A SUS PROPIOS VALORES. Eso es lo que para nosotros significa hacer política por el bien común. De esta forma, los creyentes cumplimos el mandamiento de trabajar por la paz (promoviendo la igualdad y los derechos humanos de todos los ciudadanos), de aplicar la regla de oro (haciendo a los demás como nos gustaría que hagan con nosotros, es decir, sin imponer nuestros valores) y de imitar la soberanía de Dios que hace llover y salir el sol sobre justos y pecadores. Nuestra forma de hacer política, como puede observarse, no solo es democrática, sino que se inspira profundamente en valores cristianos y responde primordialmente a ellos.

Por estas razones, rechazamos también los ataques de muchos evangélicos que nos llaman “falsos cristianos”. Ellos simplemente no entienden que tenemos una TEOLOGÍA POLÍTICA diferente a la de ellos, una que a nuestro juicio articula mejor la fe bíblica y cristiana con la democracia. La política no es el espacio para promover valores cristianos. Para ello existe, por el contrario, la evangelización, las relaciones fraternas, los actos de servicio, la acción social, la vida de la iglesia, entre otras muchas cosas que los cristianos morados también practicamos y reverenciamos.


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El Eremita

Blog sobre religión, para una reforma de lo religioso en contextos plurales y secularizados